La Laguna de Bacalar pierde sus siete colores por contaminación

La laguna de Bacalar es un sitio paradisíaco: rodeado de frondosa vegetación en sus más de 40 kilómetros de longitud, y en sus aguas prístinas se perciben hasta siete tonalidades que van desde el turquesa hasta el verde profundo, pues en toda su extensión la laguna posee diversidad en los suelos de fondo y en sus niveles de profundidad.

Bacalar es un pequeño municipio de un poco más de 11.000 habitantes que hasta hace un par de décadas tenía pocas calles pavimentadas y un ambiente tranquilo, alejado del ruido y del turismo. Era uno de los secretos mejor guardados en un estado que concentra grandes atractivos como Cancún, Playa del Carmen o Tulum.

En 2007 Bacalar fue declarado Pueblo Mágico por la Secretaría de Turismo, una categoría que lo ha ido posicionando dentro de la ruta en guías de viajes y dándole una notoriedad que lo sacó del anonimato. Se corrió la voz de que en ese pequeño espacio de vida pueblerina, rodeado de naturaleza y hermosos cenotes, se podía apreciar atardeceres tan bellos como en las playas más cotizadas de México pero sin la delincuencia, peligro o el ruido de los epicentros turísticos.

Sin embargo, la acumulación de basura y la contaminación por aguas residuales se han convertido en dos efectos indeseados de la explosión turística de este pueblo mexicano, uno de los pocos lugares del mundo donde hay formación de estromatolitos, la evidencia más antigua de vida. Volverse célebre ha tenido un costo que no fue previsto: el aumento de desechos que sobrepasan la capacidad e infraestructura de la ciudad. “La basura por diversos orígenes, los lixiviados y desperdicios agrícolas, la contaminación por drenaje y el turismo están poniendo en riesgo el equilibrio del cuerpo lagunar y propiciando la eutrofización”, explica Omar Caballero Hernández, un biólogo que estudia la ecología de los humedales.

Además de la acumulación de basura, el sistema de alcantarillado y drenaje de las aguas servidas tampoco da abasto. En época de lluvia, el agua rebasa y forma verdaderos ríos negros que desembocan en la Laguna de los Siete Colores. “En la península de Yucatán, una de las principales características a considerar es el tipo de suelo kárstico y su origen marino, ya que es altamente poroso y permite la infiltración fácilmente. Esto, por lo tanto, tiene implicaciones en la contaminación del acuífero, es decir, las aguas subterráneas”, explica Caballero Hernández.

El cambio ha sido progresivo y sin retorno: más del 45 por ciento del litoral de la laguna ya se encuentra ocupado por residencias particulares, pero no existe un buen manejo de sus aguas negras ni cuidado de las fosas sépticas. La mayoría de las casas que se ubican en el borde no están conectadas al sistema de drenaje y el aumento de población viviendo a la orilla de la laguna se traduce en mayor presión sobre el manglar, que incluye la tala para la creación de accesos públicos y privados, según un estudio publicado por el Instituto de Geografía de la Universidad Autónoma de México (UNAM).

A simple vista, un turista que visita por primera vez Bacalar no lo nota, pero quienes la conocen desde hace más de cinco años han visto cómo los siete colores, la principal característica que la hacía única, han ido desapareciendo.

En abril pasado, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) realizó una clausura temporal de un predio adyacente a la laguna de 1306 metros cuadrados, pues carecía de autorización en materia de impacto ambiental. Lo mismo aconteció en 2015, pero los científicos y habitantes de Bacalar critican que se trate de hechos aislados, pues no existen políticas públicas que apunten a un proyecto transformador que abarque todo el municipio.

Lo que ocurre en este rincón de Quintana Roo no es ajeno al resto del país. Los conflictos territoriales, el medioambiente y la autonomía de los pueblos indígenas son algunas de las temáticas a las que el presidente Andrés Manuel López Obrador se ha tenido que enfrentar durante los primeros meses de su mandato.

El proyecto estrella de su sexenio, el Tren Maya, ha sido criticado justamente porque atravesaría zonas como Bacalar, donde la infraestructura no está preparada para una megaobra que espera aumentar aún más el turismo.

Pablo Careaga es el enlace del Tren Maya en el tramo que va de Tulum a Bacalar, una de las regiones más pobres del país. En las oficinas del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), organismo que lidera el desarrollo del megaproyecto, Careaga se mostró optimista pues para él “más que proyecto de un tren, es un proyecto de reordenamiento del territorio en cuatro ejes: ambiental, social, cultural y económico”. Careaga asegura que la construcción del tren traerá ordenamiento territorial a la zona, ya que considera que el problema radica en que hasta ahora no ha habido un desarrollo ordenado y parejo.

Un daño irreversible

La palabra estromatolito se ha vuelto común en el último tiempo entre los habitantes de Bacalar. En el registro fósil, estas estructuras laminares formadas por microorganismos, que a primera vista parecen arrecifes de coral, son la evidencia más antigua de vida. Datan de alrededor de 3700 millones de años y han mantenido hasta hoy su línea evolutiva; es decir, no se han extinguido desde su aparición.

Existen pocos lugares en el mundo donde hay formaciones de estromatolitos. Bacalar es uno de ellos. Hoy la contaminación y exceso de visitantes son su principal amenaza, lo que se ha transformado en una verdadera causa para la comunidad científica internacional.

Para la investigadora, salvar los estromatolitos es urgente pues hay sitios que ya están muy dañados y mientras no existan las condiciones necesarias para enfrentar el aumento de turistas, la laguna sufrirá un daño irreversible. Los mismos visitantes ignoran por completo su existencia y caminan sobre ellos con total tranquilidad, como si fueran rocas comunes.

“Se pueden afectar por contacto, porque los toquemos o los rompamos directamente. Son rocas, pero la única parte viva de la roca mide cerca de 1 centímetro. Entonces, si los tocamos, estamos hablando que destruimos cientos de años de trabajo de las bacterias en un instante”, dijo.

La defensa de los estromatolitos ha salido del mundo científico y se ha transformado en una bandera de lucha de buena parte de los habitantes de la zona. En el Galeón Pirata, un bar y centro cultural ubicado justo enfrente del balneario ecológico, el compromiso es patente. A mediados de febrero, este espacio fue uno de los organizadores del Primer Encuentro Circense de Bacalar, Estromatocirco, un evento pensado para educar y difundir acerca de los estromatolitos y su conservación.

“La idea es aprovechar para difundir entre la gran cantidad de turistas que nos visitan sobre la necesidad de preservar los estromatolitos, que son únicos en el mundo, y así salvar la laguna. Nosotros estamos muy comprometidos con la protección de este lugar maravilloso y trabajamos con las comunidades porque creemos que entre todos debemos rescatarlo”, dijo Adrián Herrera, uno de los organizadores de Estromatocirco.

Tanto los científicos como los habitantes entrevistados para este reportaje coinciden en una palabra: planeación. Creen que otro turismo es posible. Insisten en que debe haber un control y una visión a largo plazo que permita conservar a México dentro de los cinco países con mayor biodiversidad en el mundo. Infobae.

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