Cada quien su prótesis

por Redaccion
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¿Cuánto tiempo le tomará al cerebro abdicar de cada una de las funciones que el teléfono inteligente asume en su lugar?

Columna: Pronóstico del Clímax     Xavier Velasco

Hace ya dieciocho años que estrené mi primer teléfono inteligente. Me gustaba decir en son de broma que aquel Treo 600 era antes una prótesis que cualquier otra cosa, pero el paso del tiempo y los iPhones fue quitándole al chiste lo gracioso. Si me preguntan les diré que no, ¿cómo se les ocurre que sea yo un adicto?, pero cada semana el aparato me da un reporte de las horas que ha pasado prendido entre mis manos: entre seis y siete por día. Esto es, 45 horas por semana. Algo más que un trabajo de tiempo completo.

¿En qué diablos invierto más de 97 días con sus noches al año? Cierto es que muchas veces pongo sólo una parte de mi atención en la pantalla intrusa, pero eso ha resultado todavía peor, puesto que terminé por regatear mi atención a actividades que antes me absorbían por completo, como leer un libro o ver una película. Ya sea porque intempestivamente se me ofrece hacer consultas raudas al respecto (toda vez que mi prótesis genera un número infinito de notas de pie de página), o porque algún mensaje inoportuno me ha despertado el morbo (y muy probablemente será otra ñoñería), o porque entre las plastas de mi materia gris brotó la urgencia súbita de checar algún dato más o menos superfluo (que no obstante consigue desconcentrarme), el punto es que no logro librarme de la prótesis y el puro intento me deja sin piso.

Poco de extraño tiene que a menudo mi humor esté relacionado directamente con el celular, que no sólo disfruta de fueros infinitos para importunar sino que para colmo acostumbra hostigarme con noticias terribles de estos tiempos absurdos y este país en ruinas, como si hubiera prisa por joderle a uno el día desde que abre los ojos. Huelga decir que lo primero que hago cada día es también la última de mis actividades: consultar la pantalla del monstruito portátil, que como es natural duerme a mi lado. ¿Y qué más va uno a hacer cuando ataca el insomnio, sino buscar cobijo en las redes sociales, hurgar en los periódicos de otros países o hacer compras de pánico que habrá de lamentar por la mañana? ¿Pero no es de por sí grotesco y vergonzoso preguntarse “qué más va a uno a hacer”?

Se entiende que al estreno de una prótesis le siga algún periodo de adaptación, de manera que el cuerpo vaya aprendiendo a usarla y al fin automatice su relación con ella. ¿Cuánto tiempo le tomará al cerebro abdicar de cada una de las funciones que el teléfono asume en su lugar? Por lo pronto, veo que el abuso del artefacto me ha dispersado a extremos nihilistas. Me tumbaba de risa, cuando niño, escuchar que había quienes sufrían de estreñimiento si no llevaban un cigarro al baño, y hoy son cada día menos quienes se atreven a ocupar el trono sin la presencia del único amigo que parece dispuesto a entretenerles en aquel trance otrora solitario.

Nadie conoce a fondo el aparato. Vivimos más o menos habituados a lidiar con funciones que cambian o desaparecen, cuando no se estropean por causas que están lejos de nuestra comprensión. Avanza uno renqueando entre manuales, foros y redes sociales, y como no resuelva el problema en minutos experimentará una desazón que le irá haciendo trizas paciencia, autoconfianza y fe en el porvenir.

Invito a quien estime que exagero a restablecer las preferencias de su teléfono. No es más que un botoncillo inofensivo, que sin embargo se bastará solo para descarrilar buena parte de sus actividades en los próximos días o semanas, y ocurrirá lo mismo que con Hansel y Gretel: si lo has configurado durante tanto tiempo, ¿cómo podrías volver sobre tus pasos? ¿Qué hace uno finalmente? Comprar otro teléfono, cual si fuese una prótesis de cadera sin la cual no es posible volver a caminar. Porque al cabo es probable que a estas alturas uno ya no recuerde que alguna vez pudo vivir sin prótesis.

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