Músicos de origen indígena, urbanos pero mitológicos, proyectan la tradición al futuro

por Redaccion
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En amena tardeada de fusión, el roquito macehual hidalguense de Auikal se dio un quién vive con el rapero totonaku de Puebla Juan Sant y se les sumaron unos toques del reggae de Chan Santa Cruz, Quintana Roo, en la voz de Chan Santa Roots. Músicos sin concesiones, producto cabal del siglo XXI mexicano. No apelan a la benevolencia “étnica” que hoy permea el pensamiento “progre” en plena corrección política. El náhuatl de los macehuales, el maya peninsular y el totonaku de la sierra Norte no le temen al castellano ni al inglés ni al spanglish. Los añaden a su menú con tino, como quien prepara ricas y picosas salsas.

Añádase que para el palomazo especialmente vino desde Huajapan de León, Oaxaca, el rapero triqui Carlos CGH. Por ahí se dejó también oír una harmónica de blues zinacanteco.

Pero no nos dispersemos y vámonos por el comienzo. El grupo o colectivo sonoro Auikal es lo que los clásicos llamaban ecléctico. Con la base de un power trío consistente en un bajo seco, una batería “del mundo del jazz” y una guitarra eléctrica con wa-wa y todo. La vocalista no es estridente, sino, ¿cómo decirlo?, “huastequea” sin pecar de folk con todo y su cuatro.

El quinto instrumento está en los pies de la chica que baila el son sobre un tabladito ex profeso, y le añaden mucho sabor al caldo sus tacones y piernas. “No vivimos en nuestros pueblos”, admite la vocalista en chilanga banda que rencontró la belleza de su lengua primera y la usa como arma para defensa y renacimiento de su pueblo, “pero cantamos a nuestras lenguas y vamos allá cuando podemos”.

No le temen a lo romántico. Con un cover que anuncian casi apenados, los de Auikal ponen su Stand By Me transitando con naturalidad del original inglés al náhuatl (¿modernidad líquida macehual?), hasta que la rola se pone guapachosa y la apropiación se redondea.

El acto que cierra es del notorio rapero totonaku Juan Sant, originario de Terrero Pantepec, quien ya lleva rato que cambió su sombrero de palma por la gorra beisbolera desarrollando su versión de lo propio y lo nuevo con mucha personalidad. Con su camiseta de Wu Tang Clan –para mayores señas– entra al pequeño y misterioso escenario del Multiforo Alicia con una diabólica máscara roja de venado. El sonido de Dj Mescalito retumba tupido los escraches hip hoperos para que Juan Sant sea todo lo desafiante que dicta su desinhibido género musical.

Glosa y borda con ritmo en la lengua de los totonacas poblanos: “Nosotros los originarios entramos a sus cocinas y tenemos el sartén por el mango”, proclama. Envuelto en las vibraciones del bafle deshebra recetas de guisos autóctonos. La letanía hip hop en viaje a Babel menciona tamales, mole, atole, pinole, chile seco, jitomate y caldo de camarón.

“Los pueblos originarios hace tiempo que ya no estamos callados”, declara. Urbano pero mitológico, Juan Sant se proyecta como un chavo con mucha calle que recoge en sus raíces el rap creíble de un hijo del maíz.

A estos músicos de origen indígena (y muchos otros que andan por ahí en binnizá, comca’ac, tsotsil, ayuuk, purépecha) les nació la conciencia a buen tiempo. Lo dejan explícito con música, letra, actitud y carisma. No debería sorprendernos. Los hijos de los pueblos originarios llevan al menos tres décadas despertando. Saben que despertar no basta, las acechanzas que ponen en peligro la duración de sus pueblos y lenguas son formidables. La colonización sin fin viene con todo para borrarles idiomas y bajarles las tierras. La migración los obliga como promesa y condena.

Su música alegre pero tremenda proyecta la tradición al futuro. Pues le apuesta al porvenir. La resistencia, aunque les duela, no está exenta de gracia.

La Jornada/Hermann Bellinghausen     Foto: Hermann Bellinghausen

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