Son capaces de sufrir

por Redaccion
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  • Sin embargo, cada día encuentro menos motivos para defender a la “fiesta brava”. Pienso que se trata de un “espectáculo medieval”

En mayo del 2022 la asociación civil “Justicia justa” obtuvo una suspensión para impedir las corridas de toros en la Ciudad de México, otorgada por el juez federal Jonathan Bass mediante un amparo, aduciendo que la Ley para la celebración de espectáculos públicos violaba el “derecho a un medio ambiente sano”.

Ahora, la segunda sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por unanimidad, tras una propuesta de la ministra Yasmín Esquivel, para devolver las corridas de toros a la Plaza México, desechó el amparo que las impedía.

Supuestamente el fallo no es definitivo y falta que se resuelva el asunto de la “constitucionalidad” de las normas para efectuar los festejos, se habla de que, en breve, quizá el próximo 12 de diciembre, se vuelva a hacer el “paseíllo” en la Monumental.

Aunque nunca me he considerado un aficionado de cepa a la tauromaquia, he de confesarles que por supuesto que he asistido a varios festejos.

En una ocasión, estuve, a invitación de mi gran amigo y colega Jaime Garza Elizondo, presenciando la corrida en el mismísimo “burladero de Médico Veterinarios” de la Monumental de Monterrey en donde recuerdo haber visto jugarse la vida a los matadores: Mariano Ramos y a Jorge de Jesús el “Glison”.

Quedé impresionado debido a que, una vez terminada cada una de las faenas, teníamos que ir a “revisar” al infortunado ejemplar que había perdido la vida mostrando su bravura.

Era mandatorio (para dar cumplimiento al reglamento) certificar que las astas (los cuernos) estuvieran intactas y no hubieran sido “rasuradas”; así como, mediante la inspección de los dientes incisivos, determinar la veracidad de la edad del ejemplar.

En otra ocasión me encontré en el aeropuerto al maestro Eloy Cavazos, quien luego de una larga conversación, se aventó la “puntada” de decirme: “ustedes se la juegan re duro” (haciendo alusión a mi actividad como silbante). El chiste se contó solo.

Incluso, encontrándome de visita en la madre patria, durante la Feria de San Isidro, asistí a una corrida en Las Ventas de Madrid.

Sin embargo, cada día encuentro menos motivos para defender a la “fiesta brava”. Pienso que se trata de un “espectáculo medieval” que en su momento llevó solaz esparcimiento a la población; pero que, por su crueldad, agoniza día con día.

Sus defensores argumentan que se trata de un tema cultural y una manifestación artística. Difiero, no sabía que torturar (por diversión) a un ser vivo hasta matarlo pueda llegar a ser considerado un arte.

La única justificación que me parece válida para matar (humanitariamente) a un animal es para destinarlo al consumo humano.

De cualquier manera, las posiciones y los argumentos entre quienes defienden a la fiesta brava y quienes la detestan se han polarizado.

Los taurinos defienden que: solamente el 10% de los ejemplares son “sacrificados” en los ruedos, que reciben cuidados extremos durante sus cuatro años de vida y que, si no fuera por las corridas, los toros de lidia serían una especie en extinción. Haciendo alusión, por supuesto, a la derrama económica que producen. Todos esos argumentos, me parecen debatibles.

Lo cierto es que la intolerancia se ha apoderado de ambos bandos. Para acabarla de amolar, el asunto se ha politizado y los intereses económicos se han convertido en la piedra angular.

Mi percepción es que las nuevas generaciones no muestran mucho interés en los toros. El promedio de edad de los asistentes a las plazas en España es de 50 a 70 años.

Mi filosofía es: “No importa saber si los animales son capaces de pensar; lo importante es saber que … son capaces de sufrir”.     

El Independiente/ Eduardo Brizio     Foto: cuartoscuro     eduardobrizio@hotmail.com

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